13 de septiembre de 2016

Reseña: Nieve, de Orhan Pamuk.

Esta no va a ser una reseña al uso, no voy a describir la sinopsis ni a destriparos la trama, ni tampoco voy a resumir la biografía del autor. Esto va a tratar de emociones.


Me avergüenzo tanto de haber sido tan débil en tantos momentos clave de mi vida... aquellos cuya importancia real no era capaz de determinar hasta que los he observado con cierta distancia, y que determinan todo lo sucesivo, todo lo que está por acontecer.
Ahora caigo en que Nieve no va sobre el choce entre Occidente y Oriente, entre el radicalismo islámico y la imposición de valores presuntamente demócratas por las fuerzas militares.
Tampoco sobre el origen de la inspiración, del aliento poético, ni sobre la espiritualidad supersticiosa de un ateo cuya negación sobre la existencia de Dios se basa en su racionalidad europeista y no en sus sinceras creencias internas, ni sobre un amor totalizador nacido de retazos de sentimientos frustrados con anterioridad.


No, lo que subyace, lo que nunca se llega a verbalizar pero que provoca las lágrimas de Orhan Pamuk (el novelista) en el último párrafo de la novela mientras se aleja de Kars en tranvía, es una reflexión sobre el remordimiento y lo que somos capaces de hacer, la fuerza que conseguimos sacar de nuestro interior, para acallar esa voz, vástago terrible de superación personal a la vez que condena perpetua.
El remordimiento de un poeta llamado Ka de alma tan pura como débil, y en el fondo tan egoista como sensible, rota y al mismo tiempo bella por un empuje que nace de su desesperación, de su dolor.
Porque vive para la belleza, y es capaz de observarla en todas sus formas, de ahí su papel como juez imparcial en todas las disputas ajenas a sí mismo, tanto de aquellos que se refugian en la religión como de aquellos en busca de una vida sin sobresaltos alimentada por placeres mundanos... Y no lo hace desde una superioridad moral e intelectual petulante, sino desde una falta de certezas tan inanime como carente de prejuicios.


Es tan fácil ser tan duro con Ka, se expone tanto a los demás... y es jodido, es muy jodido que todo un proyecto de vida como el suyo quede condicionado por un último acto mísero y cobarde, proveniente únicamente de su miedo al fracaso, de su temor a una vida de sinsabores, a unos celos retroactivos tan esteriles como al mismo tiempo irreversibles.
Orhan llora porque ya no podrá seguir amando a su amigo como a un ser irreductible, ahora tendrá que convivir con una verdad incómoda que humaniza aún más a un ser de quien nadie guarda ya un buen recuerdo y cuyo único legado de su paso por el mundo es una colección poemas que jamás serán recuperados y disfrutados por nadie.
Y de su voluntad de honrar a esa obra perdida nace esta novela, como una rememoración de aquella.


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