29 de marzo de 2016

Impacto.

Llevo años entrenando la natación, he perfeccionado mi técnica y puedo aseverar sin ronrojo que se me da bien. Hoy tras corroborar mi buen estado físico en mi entrenamiento vespertino, me he metido en la sauna con el fin de liberar toxinas mediante la sudoración de mi piel desnuda.
Poco antes una familia entraba en la piscina cruzando el arco que da la bienvenida al recinto deportivo. El joven marido, tras las indicaciones dadas por su mujer desde el borde del carril, acababa de sacar del plástico un gorro aún sin estrenar, perteneciente a la máquina expendedora que se oxidaba en la húmeda y nublada intemperie contigua a la entrada del edificio. Tenía la espalda peluda y uno de esos torsos ventrudos, duros y con forma de balón de fútbol tan significativos tras la constitución definitoria de un núcleo familiar cómodo y poco exigente. A través del vaho de la puerta traslucida he observado cómo de remolón se preparaba para tirarse al agua, y aunque casi era la hora del cierre, no se daba ninguna prisa, como quien actua por compromiso ajeno y no por convicción interna. Madre e hijo chapoteaban en la calle anexa a la que había sido mía hasta hacía escasos minutos, ajenos a toda preocupación.
Alguien que abre la puerta de la sauna me distrae, acompañado de una bocanada de aire externo que me provoca un ligero escalofrío. Y para cuando vuelvo a fijar la vista en mi antiguo carril, el marido lleva ya recorrido un tercio de este. Me fijo en lo despacio que avanza, pues apenas sabe bracear. Sus piernas caen inertes hacia el fondo, generando resistencia, y cambia de estilo a medio camino, para descansar ciertos músculos fatigados. Que si ahora crol, que si ahora espalda. Por su forma de boquear noto cómo no consigue mantener una respiración constante, se asfixia a cada metro sobrepuesto.
Me estoy sonriendo, con cierta condescendencia otorgada por mi presunción. Y entonces me fijo en cómo sus brazos se elevan por encima del surco de espuma que levanta. No entran de forma delicada, permitiéndole así deslizarse con armonía por debajo del agua. No, golpean con saña su superficie, haciéndose daño. Imagino que tiene pánico de no resistir lo suficiente como para llegar al bordillo que le espera al otro lado, o teme quedarse parado y hundirse en su propio peso. También me imagino a sus capilares, tan frágiles ellos, rompiéndose y acumulando sangre por extravasación en la superficie de su antebrazo. Su estela en cambio se difumina rápidamente a su paso, una ausencia invisible a ojos de quien no sepa relacionar ambos acontecimientos.
Entonces pienso en ti. En como yo soy ese obstinado brazo ejecutor, y en como tú eres esa oscura superficie tibia que refleja la luz de los focos alógenos del techo, fluctuante y al cabo de un corto lapso de tiempo impertérrita a mi paso.
Y entonces dejo de sonreír. Salgo rápidamente, me dirijo a los aseos. Tomo una última ducha de agua fría, y me cubro con mi armadura de poliéster. Atravieso el arco, aún no he decido si del triunfo o de la derrota. Fuera me espera la lluvia.

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