18 de septiembre de 2015

Reseña: Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetze.

 “¿Cómo puedo considerarme una víctima cuando mis sufrimientos son tan insignificantes? Sin embargo, son aún más degradantes por su insignificancia. Recuerdo mi sonrisa cuando la puerta se cerró por primera vez a mi espalda y la llave giró en la cerradura. No me parecía un gran castigo pasar de la soledad de la existencia cotidiana al aislamiento de una celda, ya que podía traer conmigo un mundo de pensamientos y recuerdos. Pero es ahora cuando empiezo a comprender lo fundamental que es la libertad. ¿Qué clase de libertad me han dejado? La libertad de comer o pasar hambre; permanecer en silencio o parlotear conmigo mismo o aporrear la puerta o gritar. Si cuando me encerraron aquí yo era el objeto de una injusticia, una injusticia insignificante, ahora no soy más que un montón de sangre, huesos y carne que se siente desgraciado.”



Ser conciso es una virtud poco apreciada en la narrativa actual. Estamos inmersos en una vorágine de sagas interminables, géneros encorsetados (donde no hay espacio para la reflexión, mas allá de una mera sucesión de acciones, con una intriga detrás que mantenga atento al lector), tochos injustificados de no menos de 500 páginas que amorticen nuestra inversión... 
Todo esto me da una pereza terrible. Y ahí ando yo, buscando entre los últimos ganadores del premio Nobel de literatura a un autor que merezca la pena. Creedme si os digo que no es tarea fácil. Pero hay un nombre que siempre se repite, y conscientes de lo risibles que han sido los últimos premiados*, aseveran que es uno de sus más justos galardonados.
Esto, unido a recomendaciones de Javier Marías (a quién aprecio más como articulista que como escritor) me llevan a darle una oportunidad a J.M. Coeetze.


De nacionalidad sudafricana, temo que su obra se centre en el apartheid con un tono aleccionador, pero me llevo una agradable sorpresa al ser partícipe de una lectura activa, donde hay espacio para la interpretación personal, con un tono alegórico que hace universal su mensaje (aunque podemos apreciar el veld sudafricano en según qué descripciones).
Estoy hablando, claro está, de Esperando a los bárbaros, una de sus primeras novelas, donde nos narra la vida en un pueblo fronterizo de un magistrado ya entrado en años, que se contenta en ver pasar los días plácidamente encargándose de sus quehaceres repetitivos, disfrutando de las cenas con sus amigos y las noches con jóvenes aldeanas aledañas a su caserío. Hasta que llega un funcionario del estado, de mirada opaca y gesto impertérrito tras sus lentes oscuras, encargado de asegurar la seguridad de la zona; y determina, tras torturar a unos desdichados vendedores ambulantes de más allá de la frontera, que la invasión de los bárbaros está próxima. Tras los infructuosos alegatos del magistrado, hace un llamamiento al Imperio para que abastezca de tropas la zona, y se dedica a mandar expediciones de forma imprudente a una tierra que no conoce, provocando pérdidas humanas y de recursos, que acentuarán el miedo de los habitantes ante la amenaza indeterminada que aguarda al otro lado de los lodazales.

Toda la novela gira en torno a la incertidumbre de si la amenaza es real o no, y llegados a cierto punto debemos dar la razón a nuestro magistrado, que conoce a sus vecinos y sabe que es imposible tal ataque, que carece de sentido, toda esa psicosis es obra de personas que quieren creer en ello para realizar actos injustificables de tortura, o para hacer carrera en los engranajes del Imperio, o para ampliar los territorios de este, aunque ello suponga desertizar su propia frontera y matar de hambre a sus propios habitantes.


Un sentimiento de impotencia recorre tu ser mientras disfrutas de su lectura, con un placer culpable (por lo bien escrita que está, por cómo es capaz de contarte tantas cosas en tan poco espacio, engranando acción con reflexión) mientras narra lucidamente sobre el origen de la maldad, de sobre cómo nos excusamos en órdenes para acallar nuestra conciencia, y cómo la resistencia pasiva es una forma más de colaboración con el régimen de los poderosos.

El magistrado no es una persona de valores intachables, es débil de espíritu, comete fallos; cuando es encarcelado por defender sus ideales, ríe sintiéndose hinchado de vanidad, pero pronto se arrepiente de lo inútil de sus actos, y le reducen a su expresión más primaria, pesando soló en comer, defecar y dormir: destruyen todo aquello que le hace humano; también se deja llevar por la lujuria, adopta a una salvaje que ha sido torturada y cegada por el Imperio, y tras una relación enfermiza fetichista, lleva a cabo una expedición suicida solo para devolverla con los suyos, mientras decide que sentimientos les unen, en un mar de confusión de gran profundidad psicológica.

Lo peor de todo acontece cuando somos partícipes del linchamiento público a un grupo de bárbaros; cuando asistimos, voz en grito, al último y desesperado intento del aportar cordura a una gente que ya no son individuos, tan solo masa informe de odio y miedo, amoral e impune. No hay salvación, no hay redención posible, solo nos queda apartarnos, dejar pasar el tiempo, esperando que las heridas cicatricen y todo siga su cauce.


Puede que todo lo que os he ido contando os lleve a la impresión de estar ante una lectura de un gran dramatismo y violencia, dura de leer. No es así. Es sutil, y donde puede hacer más daño es en nuestra moral, no en nuestra sensibilidad. Si os gustan obras como Ensayo sobre la ceguera de José Saramago o El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, no dudéis en acometer las escasas 200 páginas de lectura, me lo agradeceréis.

*Me es imposible tener la conciencia tranquila si no dedico unas palabras a estos supuestos genios, galardonados por motivos extra literarios: Mario Vargas Llosa, Mo Yan y Patrick Modiano, tratándose el primero un ser humano cuyos valores me repugnan (y aburre como pocos, con un lenguaje localista insoportable), el segundo un mediocre y el tercero más repetitivo que una sopa de ajos (tanto en temática como en estructura).

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