3 de junio de 2015

Reseña: The Wolf Among Us/Fábulas.


Un lobo domesticado debe pensar con la cabeza fría; dejar a un lado su instinto depredador y analizar los hechos que lo rodean hasta formarse una opinión clara es crucial para la resolución del caso que le ha sido asignado como representante local de la justicia.
Pero este mamífero placentario del orden de los carnívoros sabe lo que es probar la carne del cochinillo asado en su propia chimenea. Sabe lo que es el acoso sexual efectuado entre frondosas rutas verdes salpicadas por el tenue rojo óxido de una capa ondeante. Conoce lo que es mutar entre terribles dolores, de su forma humanoide a licántropo, cuando la frustración carcome su tenue moral y explota.




Explota por toda la mierda que asola Nueva York. Por todas esas prostitutas maltratadas, esa granja en las afueras destinada a fábulas de aspecto no humano mal gestionada y peor protegida ante posibles rebeliones, ese tráfico de hechizos ilegales, esa extorsión a una población exiliada que ante
la ausencia de una autoridad firme que no se deje sobornar se encuentra al borde del abismo.
Explota porque no basta con querer hacer las cosas bien, porque aquellos a quienes debes proteger te tienen miedo por tu pasado delictivo a pesar de haber acatado las condiciones para ser absuelto de tus crímenes, porque la que creemos mejor opción no siempre da los resultados esperados, y todo acto tiene sus consecuencias. Aunque aquí se trate más bien de un efecto óptico que de una realidad, y nuestra interacción con el entorno esté limitada por una programación austera.




Pero si a esa cosa llamada vida se jugase una sola vez, como deben ser jugados ciertos videojuegos, nadie notaría estas fallas.
Y aun con ellas debemos estar agradecidos. Agradecidos por la madurez de un medio artístico que ha superado las barreras del argumento simplón, que no se constriñe ante unas etiquetas que solo matan la creatividad, con unos giros de guión al nivel de cualquier libro o película digno de ser alabado. Recurriendo a ese método tan antiguo como la fragmentación episódica de la obra que ya veíamos en las novelas deminonónicas de Dickens, Dumas o Dostoievski. Y sin que esto entorpezca la narración. Aunque tengamos que recurrir a traducciones oficiales pero realizadas por aficionados que no se han lucrado con ellas, consumiendo un producto de unas personas que no han pensado en el mercado hispanohablante.
















                                                                                                                                                       
Pero en última instancia todo esto da igual, si con tan solo rascar este fascinante mundo posmoderno de los cuentos clásicos os animáis a la lectura convulsa del cómic de Fábulas, el viaje (como iniciación y prólogo que es) habrá merecido la pena. Y la ciudad pasará a ser un lugar menos inhóspito, menos neo-noir, más aventurero, mágico y al mismo tiempo cotidiano, pero no por ello aburrido. No os esperéis las mismas sensaciones, porque un cuento puede ser contado de muy diversas formas, y no todas las fábulas tienen que tener una moraleja o final feliz.




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